Nana de locos

Para no verte. Por no verte. El imparable deseo de no verte.

Lo enturbias todo. Mi cabeza y mi corazón. Mis sentidos y mi sangre.

Me como a bocados tus mentiras. Me saben a poco. Nunca me sacian.

Para no tenerte. Por no tenerte. El imposible deseo de no tenerte.

Sigue jugando a ese rollo infernal. Me abrasa. Me aniquila.

Rómpelo todo. Destroza mi mente. Quema mis venas.

Vete o ven. Yo ya no tengo elección. ¿Y tú? ¿Qué pierdes o qué tienes o qué desordenas?

Para no amarte. Por no amarte. El insoportable deseo de no amarte.

Ya está todo arrasado. Tic, tac. Cuenta hasta tres. Y suelta. Y vuela.

Dejas revueltos mis sueños y mis cimientos y mi vida.

Espera… ¿Y mi vida?

Examen de conciencia

Perdona si hago ruido en tu cabeza. Si te molesta que aparezca en tus sueños. Si te incomoda que, al hablar, salgan frases mías de tu boca.

Perdona si te robo un minuto de tiempo entre el café y revisar el móvil. Si me parezco a la chica de la gabardina azul que acaba de entrar en el metro. Si oyes mi voz nítidamente cuando entras en casa.

Perdona que te lo diga desde donde no puedes oírme. Si mis zapatos siguen en el mismo sitio. Si mi perfume inunda el sofá.

Perdona si sigues recibiendo mensajes de ánimo. Si las cartas del banco siguen a mi nombre. Si hoy encontraste mi vestido blanco de verano al ir a buscar otra cosa.

Perdona el desastre, el charco de sangre. Tan pegajoso, tan sucio, tan dramático. Tanta policía, tantos vecinos, tanta prensa. Tanta nada.

Perdona. Pero yo, a ti… no puedo.

París, 13 horas

No me pareció tan dramático, la verdad. Fue muy distinto a lo que cualquiera podría imaginar. Viendo las películas, parece que te revienta. Pero si es casi, casi hasta indoloro…

Dejé de sentir después de la primera quemazón. Como si entrase en un sueño profundo, cálido, embriagador. No tenía ganas de moverme. Ni de gritar. Una rara paz lo inundó todo. Y, después, oscuridad.

Ocho horas antes sonó el despertador. Como siempre, cinco minutos más, cinco minutos más… Pero ya no podía alargarlo. Un día de esos que últimamente se recrean en las películas. Coger el avión. Asistir a la reunión. Comer con Jacques. Y vuelta.

Todo el día de acá para allá. No sabe ya una dónde vive, si en la T4 o en el apartamento de Bravo Murillo. Mi apartamento tampoco lo sabe. Qué desastre de orden en 60 metros cuadrados. Pero, ni tiempo ni ganas de ordenar la casa. Ya lo haré un fin de semana que me pille tranquila.

¿Y dónde puse las botas verdes? Pues tienen que ser las verdes. Ahora ya me vestí y como para ponerme a pensar en cambiar a estas horas. Si es que siempre con prisas… Ah, mira, detrás de la puerta. Bueno, pues ya está todo. Un café rápido y ya tomaré algo más en el aeropuerto.

Al final se descongestionó la carretera y el Uber me deja en la puerta con tiempo para tomar algo sólido. Mientras engullo un croissant a la plancha y un zumo de naranja, repaso mentalmente las cuentas. A mi me siguen sin salir. Yo no veo el chollo de esta operación. Pero dice Ezra que compramos, pues compramos. Sólo tengo que conseguir un mejor precio. Y después que lo explique él en el consejo. Con la que se ve venir y haciendo estos equilibrios financieros… Allá él.

Ah, París. Me gusta esta ciudad para venir de vacaciones, no para regatear una compra de acciones de una empresa. Pero ni que pudiera elegir…

Otro día gris. Sombrero para la lluvia y paraguas plegable. Últimamente no veo el sol por ninguna parte. Aunque qué más da, si voy a estar encerrada en un despacho.

Si no fuera porque comeré con Jacques, ni me enteraría de si hace frío o calor. Es lo bueno de París un día de trabajo, lo que viene después: Él.

En el piso 7 del 351 del Boulevard St Michel todo transcurre según lo previsto. A lo mejor hasta ha sido demasiado fácil. Ningún contratiempo, ni arista en la negociación. Esto empieza incluso a ser aburrido.

A la una me espera Jacques en el Bistrot de costumbre. Regreso en el vuelo de las cinco. Yo ya no sé cómo exprimir más el tiempo. Lo saludo a través del escaparate desde la calle. Tiene una sonrisa preciosa. Pero ¿cuánto tiempo llevamos así? Una vez por semana, comer a la carrera, volver y a esperar a la siguiente semana. Esto me salva del mismo modo que me mata.

Hola fea. Hola feo. Y un beso eterno de 30 segundos.

La mesa que me gusta está ocupada, pero ha reservado una tres metros más allá. Y con vistas a la calle. Me gusta el cambio, la lluvia se puede tocar en el cristal. Su mano con mi mano…

Desgranamos el día, la última semana, nuestros encuentros fugaces, por qué sube la gasolina, cómo se coló un gato en su casa, si voy a poder juntar dos días seguidos en París, si es posible algún fin de semana en Madrid, qué pasa con los tipos de interés, cuándo voy a ordenar mi casa, qué le pasa a mi hermana con su enésimo novio, el hijo de Jacques ya entrena con los juveniles del Paris Saint-Germain, cómo está de bueno este vino, ya me han cobrado dos veces otra vez el seguro del coche.

Jacques sigue buscando un hueco en Madrid. Pero, lo entiendo, no salen buenas ofertas y es un cambio de vida radical. Habrá que seguir esperando. Sí quiere. No puede. El eterno mal. Me volveré a Madrid con una punzada en el corazón. Sigue pasando el tiempo para los dos mientras hay tanta gente junta que no puede soportarse y tanta gente separada que no puede juntarse.

Voy al baño. Ya hay que tener mala suerte, que mi vida, lo que se dice vida, se reduzca a comer una vez por semana en París. Es que se me saltan las lágrimas. Qué mierda… ¿Hasta cuándo?

Pedimos ensalada y carne. Marianne… Se me cierra el estómago. Le miro preocupada. Me da un sobre. Ábrelo. En enero Jacques comienza en Madrid ¿¿De verdad?? Lloro, río, todo a la vez. ¿En serio? Siiii. Lo ha conseguido. Después de años de vernos casi clandestinamente y siempre fugazmente… ¡¡¡Por fin!!! Me tiembla todo, no soy capaz de sostener el sobre. Se me caen los mocos. Tengo mucho calor de pronto. Nos abrazamos. Lloramos juntos. No nos salen las palabras.

Un ruido de las sirenas de los coches de policía nos saca de nuestro sueño. Llegan justo frente al restaurante. Los vemos desde nuestra mesa. Salen ¿cuántos? ¿15 policías? ¿20? Entre ellos ha quedado un coche de lujo. Le exigen al conductor que salga. Le apuntan con sus pistolas. Sale un tipo alto, trajeado, con gafas de sol y barba. Le van a poner las manos sobre su coche. Pero se revuelve, saca una pistola, echa a correr y se queda justo de espaldas a nuestra ventana del Bistrot apuntando a los agentes. Dispara. Y nos echamos todos al suelo dentro del restaurante.

Bueno, todos, menos yo. Siento un tremendo calor en el pecho. No es dolor. Me quema. Me pongo la mano ahí y la veo llena de sangre. Voy a gritar, pero no puedo. Oigo más disparos. Me quema por más sitios. El delincuente está acribillado delante de mi junto al cristal del Bistrot, que ha saltado en mil pedazos. Intento no caerme. Oigo gritar a Jacques. Ya no tengo fuerzas. Siento una paz rara. Y, después, oscuridad.

 

 

 

 

Historia de una cloaca

Piluca mató a Santi en un ataque de aquí estoy yo. Una mirada atrás hubiera bastado para comerse sus propios nervios con patatas y todo. Pero Piluca no es normal. Es un producto conflictivo de la mamá barroca y el padre viajero que en sus maletas sólo se lleva consigo sus calzoncillos limpios para ensuciarlos en camas ajenas. Ajenas a la mamá de Piluca.

Piluca es antigua desde que nació, con ese nombre tan de los años 60 que su mamá le buscó entre los recuerdos de su baúl de sueños rotos, laca Elnett y pantalones de campana. Por eso ya he dicho que Piluca no es normal.

Se hartó de gritar todo el fin de semana que a ella le importaba una mierda que Paula hubiera visto a Santi con otra en el Bar del Barrio antiguo donde ella misma solía ir a esperarle con esa mezcla de whisky con tónica que sólo ella entiende.

La verdad es que ya estaba muy desesperada. La verdad es que Santi llevaba tiempo rehuyendo la inquisición de sus preguntas dando por respuesta la callada o dando a entender que la pregunta está de más, que es otra de las fantasías de Piluca, que cada día se está volviendo más rara, insultante y agresiva.

Pero es que Piluca no es normal. A Piluca le dieron de mamar biberones de hiel, le rompieron los esquemas con una vida llena de detectives privados para husmear a papá y de malas contestaciones a mamá.

La mamá se quedó pétrea en la Estación del tren en donde esperaba ver bajar del Expreso a su marido enganchado a Julia. La culpa no fue ni de su marido, ni de Julia, fue del ataque cerebral que la dejó paralizada en el banco del andén, pero para Piluca el papá fue el culpable de la muerte, que ella consideró asesinato, de su madre.

Desde aquél 3 de octubre del 95 las cosas van de mal en peor. Piluca odiaba hasta entonces secretamente a su padre, y a partir de ese día ya lo hizo a voz en grito, llamándole asesino cada minuto de su vida.

El más espantado con la imagen pétrea de la mamá de Piluca fue el papá. Gonzalo se quedó sin habla al llegar al andén y ver a su mujer cubierta de cera y con los ojos hacia atrás inyectados de vidrio. Por una parte, qué bien, se acababan sus excusas y Julia tendría una bonita boda. Por otra, pensó que lo que más le iba a doler iba a ser Piluca, cosa incomprensible porque nunca le hizo el más mínimo caso. Pero en ese preciso instante se acordó de que su hija cumplía 19 años el sábado.

A pesar de ese simulacro de examen de conciencia el sábado no se acordó del cumpleaños de su hija. Julia sí. Le mandó un ramo de rosas melocotón que acabaron en el cubo de la basura, y una invitación a la Calle Delgado Sanjuán, 13, 6º C, en la que se supone que tenían muchas cosas de las que hablar. Piluca se presentó por error a la cita. No pensaba ir hasta que media hora antes Santi cambió sus planes del fin de semana que iba a pasar con ella amodorrados en la ratonera que su madre se había encargado de dejar sin pagar antes de irse al otro mundo. Visto que los proyectos tras el entierro de su madre pintaban bastos, decidió ir a tirarle de los pelos a Julia.

Salió a toda prisa de casa, sin tiempo para mirarse en el espejo, ni peinarse. Los mechones zanahoria le cubrían la cara y las pecas y le daban un aspecto de muñeco diabólico en un otoño benévolo sobre la ciudad. Se sorprendió de estar ante una casa señorial en cuya placa comprobó que, efectivamente, no se había equivocado de calle. La puerta del portal estaba abierta y se sumergió en un ascensor transparente con olor a naranja que la subió hasta el último piso. Llamó dos veces furiosas al timbre, y cuando estaba a punto de dar media vuelta y comenzar a arrepentirse de haber llegado hasta allí, abrió Julia. Mucho más guapa y alta de lo que la esperaba, sobre todo comparada con el pésimo ejemplar humano de su padre.

De los gritos iniciales y las lágrimas contenidas de Piluca encharcadas de rabia, ante cuya escena Julia sólo enmudeció, se pasó a un “dame un vaso de agua y un sitio donde sentarme, joder”, que a Julia le empezó a saber bien. Después de una hora de reproches Piluca se dio cuenta de que era inútil seguir discutiendo con una persona que había vivido otra versión bien diferente de la misma película de cuernos, celos y malos rollos de sus padres.

Cuando hasta se empezaba a ver una luz entre ambas, bajaron por las escaleras de caracol unos andares que Piluca conocía bien. De repente, su mente se nubló. “Santi…, ¿qué coño haces tú aquí?”, le escupió. Entonces, se acordó de lo que le había dicho Paula, del comportamiento extraño de Santi en los últimos tiempos, y de que había mandado a la porra este fin de semana previsto para ellos solos.

Sin duda, pensó, es el momento oportuno. Ahora que Julia parecía que mostraba otra cara, resultaba que se tiraba a su padre y a su novio en el mismo escenario. Esto era demasiado. Hurgó en su bolso con insistencia, y en el momento en el que Santi, que sólo la miraba a los ojos, empezaba a decirle: “Piluca, estoy aquí porque…”, un balazo le reventó la aorta con la precisión de un profesional y cayó fulminado al suelo. Julia gritó horrorizada a la vez que intentaba detener el borbotón de sangre que comenzaba a hacer charco sobre una alfombra persa.

Con el llanto del terror, Julia le pidió explicaciones a Piluca. “¡Qué has hecho!. Santi te iba a explicar lo que hemos estado haciendo todo estos días. Piluca, por Dios, había visto un piso en el que iros a vivir juntos, y aquí te lo iba a enseñar todo. ¡Estás loca!”.

Piluca salió corriendo y dejó la puerta de par en par. Cogió el ascensor que había permanecido de guardia en el mismo lugar en el que ella lo dejó. Se miró en el espejo, le recorrieron las mejillas dos lágrimas emborrachadas de dolor, y cuando el ascensor marcaba el vestíbulo de entrada, se oyó un estruendo que hizo saltar la alarma del edificio.

El portero, al que Piluca no había tenido tiempo de ver cuando entró, se encontró una cara destrozada y pegotes de sangre y carne por todo el ascensor que disolvieron en un instante el olor a naranja y alto nivel que hacía sólo un minuto envolvía todo el edificio.

 

Tan frío como lo puedas imaginar

Tan frío como lo puedas imaginar. Así sonó. Helador. Tanto, que me despedazó.

En el país de los imposibles, una esperanza me llevó a levantarme de nuevo cada mañana. Después de mis derrotas tan trabajadas no era fácil que esto sucediera. Pero en el tedioso vaivén diario, de pronto, algo brotó de lo inesperado.

Cuando no te lo esperas, te pilla con la guardia bajada. Y ahí estás, frente a ti misma, sin armas, ni escudo, ni opciones. Fue muy poco a poco, casi sin darte cuenta. Y te llenó la vida. Entera.

Abandonarse a un sueño, rendirse, llenarte de ilusión, paladear un atisbo de locura, aspirar una fragancia a mar. Y los días comenzaron a tener nombre y número. A estar llenos. A desbordarse.

No había tiempo que perder. Nos corría la ilusión por las venas. Nos abalanzamos, nos perdimos, nos dedicamos los mejores bocados, tan hambrientos como llegábamos al punto de encuentro. Tan necesitados de besos. De abrazos. De calor. De sabor. De vida.

Había que dar un paso más. Las dudas del país de los imposibles empezaron a taponar el sol. Quizás haya que frenar. Pararse un momento y redirigirse. No es fácil verlo fácil cuando el trayecto ha sido tan abrupto. Vamos a hacerlo bien, con calma, con sentido. Vamos a sembrar en terreno próspero. A contemplar todo para que no se nos escape nada. A atar lo que se nos había desatado antes a cada uno. No vamos a fracasar en lo ya fracasado con anterioridad. Esto es nuevo. Esto es bueno.

Buscar la perfección, medirlo y pesarlo todo. Querer hacerlo bien. Y, por ello, estropearlo todo, dejar de que se derrame el vaso, romper el hechizo, ahogar el presente.

Todo tiene fecha de caducidad. También nosotros. Porque no se puede pedir la perfección del corazón a quien es felizmente imperfecto. Porque no todo se puede medir ni pesar. Porque no todo se puede comprender. Porque no todo se puede explicar. Aunque queramos. Aunque nos queramos.

Pero ahora es todavía peor porque es imposible volver atrás. Los pasos dados no se pueden desandar. Tu voz en mi cabeza no deja de sonar. Tu vida en la mía no deja de encajar.

Y, de repente, regresar al abismo. Desangrarte por todo para lo que no se encontró cura, ni remedio, ni final. Y que eso impida la felicidad. Y que no se pueda deletrear, porque no se debe pronunciar.

¿Y si éste fuera el último tren? Y llorar la respuesta. Amargamente.

Entonces, sin pensarlo, ni medirlo, ni pesarlo, ni buscar la perfección… dispararme. En medio de la noche. De esa noche de invierno.

Sonó tan frío…  Tan helador. Tanto como puedas imaginar. Y me despedazó.

 

 

Dale otra oportunidad al martes

Florencia, 15,45. Este martes lluvioso se merece otra oportunidad.

A las 7 de la mañana, cuando el despertador conectó con la radio musical, Miranda y Blake corrieron a la vez hacia la ducha. Ella la alcanzó por una milésima de antelación. Blake comenzó a afeitarse.

-¿Nos vemos para comer? -preguntó Blake-.

-Te aviso. Pero no creo. Tengo pruebas de fotografía a la una. Terminaremos de instalar todo el decorado a esa hora.

-Pero si cambiara la previsión, me lo dices.

Miranda terminó de arreglarse y tras un café rápido con tostadas, salió corriendo, como siempre, hasta el estudio de fotografía. El tráfico a esta hora es infernal incluso en la Vespa. Hay que remontar las aceras y adelantar por la izquierda y por la derecha. Pero aún así es casi imposible llegar a la hora. Hoy, por si faltaba algo, llueve.

-Llego tardísimo, Ennio ¿Me perdonarás? La lluvia…

-Ya, Miranda. O el sol. Siempre lo mismo. Comienza a preparar el set. Hay que regular los focos y orientar las sombrillas.

-¿Y los demás, Ennio?

-Pues yo qué sé. La lluvia. O el sol. Sois todos de un irresponsable…

El estudio de fotografía por fin va a vivir su gran oportunidad. Ha sido elegido para unas tomas de la película que rueda Fabrizio Monti. Y esto supondrá el lanzamiento definitivo hacia donde siempre quiso llevar Ennio su empresa. Miranda se puso manos a la obra.

De pronto, se escucha un estruendo en la parte de atrás. Qué extraño. Nadie entra por el almacén al estudio. Ennio y Miranda dejan lo que están haciendo y corren hacia la parte de atrás. Al llegar, la puerta está rota. Da a un pequeño patio empedrado que a veces han usado de exterior para las fotografías.

Primero sale Ennio y casi tropezando con él, Miranda. De repente, se hace la oscuridad. Caen al suelo. Alguien les ha golpeado con un objeto pesado. Se desploman y dos charcos de sangre comienzan a extenderse por el empedrado.

Blake mira el reloj. Es la una ya. Suspira. Miranda no vendrá a comer hoy tampoco. Es ya demasiado tiempo sin hablar con tranquilidad, sin hacer una vida juntos. Siempre con prisas de un lado al otro. Nunca hay un momento para pensar y hacer cosas en común, para programar una cena, o una salida al cine, al teatro, o a un concierto. O a pasear… Algo que los identifique como pareja.

Blake piensa que es demasiado. Está harto. Saca el móvil. Nada. Ni un mensaje de Miranda. Su teléfono no está en línea desde ayer.

Está frente a la trattoria. Saca el teléfono otra vez. Mira las últimas llamadas. Marca el número de Angela. Llegará en un momento. Mientras, él entra, se sienta en la mesa que comparten habitualmente y pide un aperitivo.

-Hola Blake ¿Te ha vuelto a dejar tirado? -dice Ángela al llegar a la mesa en la que ya está él, mientras recoge el guante que se le acaba de caer al suelo-.

-Sí. Pero ya me cansé. Demos el paso, Angela.

-¿Estás seguro?

-Sí. Ya sí. Comamos y después vamos hasta casa. Recojo unas cosas… ¿Me puedo instalar en la tuya?

-Claro que sí. Estoy muy contenta, Blake. Tú no te mereces esta situación. Llevo tanto tiempo esperando esto…

Son las 15,45. Este martes lluvioso, piensa Blake, se merece otra oportunidad.

Terminan de comer. Pagan y se van. Irán hasta casa y hará una maleta con ropa para pasar tres ó cuatro días. Después de hablar con Miranda volverá a por el resto de las cosas.

En la trattoria suben el volumen del televisor. Un doble asesinato casi al lado de donde están. Es el estudio fotográfico de Ennio. Pero ¿qué ha ocurrido? ¿cómo puede ser? Ennio es cliente habitual del restaurante. El silencio es sepulcral. La periodista dice que los carabinieri tienen un hilo del que tirar, un guante de mujer que apareció en la escena del crimen.

 

Hay una grieta en todo

Al llegar el tren a su destino, estaré muerta.

Paul y yo llevamos una vida feliz. Armonía, complicidad. Y mucha magia.

Cada mañana, un runrún de despertadores nos activa. Desayunamos café con tostadas, nos besamos y nos vamos a nuestros trabajos.

Cojo el tren de las 7,05 para llegar a un destino en el que todo puede cambiar en un minuto. Una vida en juego en el extremo más recóndito de la urbe, atender un monstruoso accidente de tráfico o ver nacer a un niño en el asiento de atrás de un taxi.

Peter llegó sangrando. Se había seccionado parte de la muñeca en un accidente fortuito con el filo de la puerta corredera del edificio en el que se encuentra su despacho. Un descuido tonto y todo cambia en un segundo.

Intenté tranquilizarlo. El diagnóstico no era muy halagüeño, pero íbamos a hacer todo lo posible por salvar la movilidad de la mano y los dedos.

Pronto entendí que no se quejaba por el dolor, sino por su propia vida.

-¿En qué dirías que consiste mi existencia? -me preguntó- Aquí estoy, con una mano a punto de perder la movilidad y no es eso lo que más me preocupa, sino el hecho de que es una gota más en un océano.

-¿En qué océano? -le pregunté-.

-En el océano de cuando la vida se te estropea. Primero sucede poco a poco, casi sin que te des cuenta. Pero después todo se precipita.

-La mano la vamos a intentar salvar. No te lo puedo asegurar, pero has llegado a tiempo y eso juega a tu favor. Pero tu vida no sé si podremos arreglarla aquí…

-Me lo imagino, porque si pudiera arreglarse en un quirófano, ya lo habría intentado.

-¿Necesitas anestesia para tu vida?

-Tal vez… ¿Podrías quitarme esta desazón que siento de ver cómo todo se desmorona?

-¿Es el trabajo?

-No. Ahí todo está bien. Es haberme confundido de persona, de planteamiento.

-Todos nos confundimos en muchas cosas, pero eso no debe marcar tu existencia. Sigue adelante. Al menos tienes un trabajo en el que sentirte a gusto. Hay quien no tiene ni una cosa, ni la otra.

Mientras se hacían los preparativos en el quirófano, Peter me contó cómo una relación torpedeó su existencia. Y yo pensaba en que hay una línea difusa entre el amor y el desamor. Cómo todo lo que un día está bien, al día siguiente se escarcha en millones de pedazos. Incomprensiblemente donde lo hubo todo, todo puede desaparecer sin dejar rastro.

Peter era ingenioso. Contaba su historia con una buena dosis de ironía. Y en una sola mañana me sentí muy cercana a su vida. Me convertí en una cómplice con la que podía desahogar la profunda herida que tenía en el corazón.

Quedaría ingresado unos días. Era preciso ver la evolución de los daños y de la herida, y comprobar si podíamos lograr que no perdiera la movilidad. Temíamos por tres de sus falanges. Pero sólo nos quedaba esperar y empezar a trabajar en su recuperación lo antes posible.

Cada mañana Peter me contaba un retazo más de su vida. Como un niño perdido, que busca quien le escuche para expulsar el dolor que le atenaza. Me gustaba animarle, intentar entender su visión de la vida, de las cosas. Y mientras él me relataba su vida, yo fui perdiendo el control de la mía. El control mental, el control espacial, el control temporal.

Peter me inoculó el veneno de la novedad. Dicen que hay una grieta en todo y que por ahí se cuela la luz, la oscuridad, el miedo, la valentía… Todo. Aunque no sepas que tienes una grieta, ahí está.

Se fue acercando poco a poco. O mucho a mucho. Y me replanteé hasta qué punto mi vida era tan plena como yo creía. Si no me habría equivocado. Incluso sin saberlo, incluso sin sentirlo.

Lo que día a día me acercaba a Peter, hora a hora me alejaba de Paul. Sin buscarlo. Sin quererlo. Y sin necesitarlo.

Peter y yo nos seguimos encontrando en ese espacio maravilloso donde dos almas se pueden llegar a fusionar. Perdió la movilidad de dos dedos, pero era tan feliz… Me trastocó la visión de las cosas, de la vida, de lo que el corazón anhela.

Paul no lo entendió. Pensó que sería un capricho pasajero, que quizás estaba pasando una mala racha en el trabajo, con muchas tensiones, y me había refugiado en esta historia. Pero lo que sé es que yo entré un día en el hospital, como otro cualquiera, y salí de allí siendo otra persona.

Sin embargo, como la vida es un continuo despropósito que no permite que ocurra lo que no ha de suceder, todo se complicó infinitamente en mi cabeza. Le daba vueltas al daño que yo había hecho daño a Paul. Pero especialmente a mi misma. Y me quedaba un poso de tristeza que quemaba casi tanto como el amor que sentía por Peter.

Paul se ha ido de casa. Ha sido triste pero civilizado. Peter me espera hoy en la parada del tren para irnos juntos a nuestro nuevo hogar, como hace cada día desde que sentimos que nuestras vidas estaban hechas para refugiarse juntas.

Son las 7,40 cuando el tren llega a las cercanías del hospital. En 5 minutos estoy dentro. Me cambio de ropa y antes de terminar ya me avisan de que ha habido un tiroteo. En diez minutos llegarán los heridos. Un policía con herida de bala. Es posible que le haya atravesado la femoral. No tiene orificio de salida. Está consciente pero muy nervioso. La otra persona, con heridas más leves, está siendo atendida en el box 12.

Atiendo al primero. Intento taponar la salida de sangre antes de que entre al quirófano.

-Hola ¿cómo te llamas?

-David ¿Me voy a morir?

-Creo que no, pero vamos a intentar arreglar esto cuanto antes.

-Me da igual la herida… Casi prefiero morirme.

-¿Por qué dices eso? Eres policía. Salvas vidas ¿no? Hoy está en juego la tuya. Así que vamos a salir de ésta.

-Todo estaría bien si mi vida también lo estuviera.

Y así fue cómo comenzó a contarme, de camino al quirófano, que su existencia era un desastre, que se había equivocado en una relación, que sufría, que podría seguir siendo policía pero para qué sirve eso si no tienes a nadie con quien compartir tu existencia, si tienes tanto desgarro dentro.

La operación fue bien. Cuando despertó yo estaba allí. Hablamos mucho tiempo. Y al día siguiente, y todos los días de las siguientes semanas. Poco a poco fue contándome su vida. O mucho a mucho.

Su forma de ver la vida, su dolor, sus ganas de pasar página y no poder por esa herida tan profunda en el alma… Consiguió tambalear mis principios, mi existencia. Y sentí por David algo diferente, nuevo, impactante.

¿Qué me está pasando? Y todo se complicó infinitamente en mi cabeza…

Regreso en el tren de la noche a mi vida con Peter. Él me espera en el andén. Faltan 20 minutos para llegar. He cogido esta mañana a escondidas la pastilla de la farmacia del hospital. Ya está. Me la acabo de tomar.

Al llegar el tren a su destino, estaré muerta.

A lo mejor no fue así

A lo mejor no fue culpa mía.

Sólo buscaba una playa sin mar, un río salado, un puente entre dos nadas. Sólo quería todo. Sólo jugué a la ruleta rusa con todas las balas en la recámara.

A lo mejor no fue culpa tuya.sonar-con-sangre-saliendo-de-la-nariz-600x400

Sólo estabas lejos de estar cerca, sólo buceabas en la superficie. Sólo querías lo que odiabas. Sólo te equivocaste al acertar.

A lo mejor no fue culpa de nadie.

Sólo nos quemaron con hielo. Sólo nos abrieron los ojos con pegamento. Sólo nos dieron a elegir entre nunca y nada.

¿Te acuerdas cómo fue? Un día cualquiera, de un mes que no existió, bailábamos lento. Y, de pronto, se paró la música, se apagaron las luces, tropezamos, caímos, sangrábamos, se paró la respiración.

¿O no fue así? Quizás tiraron abajo la puerta, nos encañonaron la cabeza, nos ataron a la columna. Y nos hicieron sólo dos preguntas:

-¿Lo quieres? Sí. Dije.

-¿La quieres? No. Respondiste.

¿Creíste que te ibas a salvar? No te salvó la verdad, lo iba a hacer la mentira…

Pude soltarme, le quité la pistola. Te maté. Me maté.

Pero a lo mejor no fue así.

 

Cuando volvió a llover

Le arrancaste de las manos el megáfono y gritaste: ¡¡Fuera todos!! ¡¡Largo de aquí!!

Cabizbajos, tristes, pensativos, se abrocharon las chaquetas. Abrieron los paraguas al salir a la calle. Volvía a llover como hacía tanto tiempo que ya casi no se recordaba. Y bastaron sólo unos minutos para que el caos de barro colapsase la única salida.

Esperé a que todos se hubiesen ido. La tormenta arreciaba. Hacía frío. Se abrió de nuevo la puerta y allí estabas tú. Desencajado. Furioso. Te miré. Nos miramos.

Yo estaba empapada. Caía el agua a chorros. Estaba quedándome helada. Me sonreíste.

De pronto me empecé a sentir mejor. El agua dejaba paso a algo más viscoso, más templado. La sangre se mezclaba con la lluvia. Te devolví la sonrisa mientras sacaba el cuchillo de mi estómago.

Caí al suelo. Primero de rodillas. Después el resto del cuerpo.

Creo que gritaste… Pero no me acuerdo.

 

 

 

 

 

 

Me lo creo todo

Con la conciencia llena de niebla es mejor.

Pero yo no lo creí…

Hoy vengo a revisar mis criterios ante el tribunal del sexto sentido. Una declaración. Una mentira muy gordita. Un dolor en la arteria de la razón. Una lágrima que sabe a un no. Mejor: A un ¡No!

Y otra vez el viaje loco de la esquirla que me rozó el alma tras romperme la razón. La alarma final me traspasó los oídos.

Salir a la superficie y ver que no puedes ver. Y la niebla otra vez. Frío húmedo que te inunda las venas. Quedarte sin fuerzas. Y el silencio oscuro.

Dicen que no estoy aquí.

Y me lo creo.Rangust12CatedralNieblajpg

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