En la tierra sin memoria

Antes de que todo el mundo se ponga frenético (igual ya he llegado un poco tarde), se hace necesario un tiempo para respirar. Entre el hoy y el mañana se escabulló el ayer de una forma tan poderosa que parece mentira haberlo vivido. Pero yo sé que estuvo ahí. Y tú también lo sabes.

Es posible que nos engañemos diciendo que estas carreras locas de la vida no nos dejan tiempo para nada más. Es probable que los eslóganes quieran reprogramarnos la mente hasta convertirnos en ciencia ficción. Pero lo que no me puedo creer es que no tengamos dos dedos de frente. Ahora más que nunca.

Ahí están. Ya vuelven los señores de todas las tonalidades del pantone a llamar a nuestra puerta. Cada uno trae un cestito primorosamente envuelto. O ya ni eso. Tuyo es el problema o la virtud de dejar que entren hasta donde quieras.

Un tiempo para repensar que se nos regala. El que quiera derrocharlo está en su derecho. El que quiera aprovecharlo quizás está en su deber. IMG_20150107_003417

A mi me gusta este tiempo convulso aunque sólo sea por una razón: Por fin todos enseñan la patita por debajo de la puerta. Hasta ahora siempre había una excusa para no hacerlo. Pero el retratista tiene prisa, así que es ya mismo o nunca. Y hay quienes al mostrar la patita enseñan el plumero. Dan ganas de reír. Pero se acaba llorando.

Perder la memoria es un drama. Querer perderla es una traición. A lo que eres, a de dónde vienes y a donde se suponía que ibas. Si pierdes la memoria voluntariamente sólo te queda ser oveja en el rebaño. Si prefieres perder la memoria sólo para sobrevivir en una tierra de zombis, estás más muerto que ellos. Si lo haces pisando la cabeza del que llevas al lado, estás terminal. Si ahora eres así es que este tiempo te define hasta la náusea.

Pero a lo mejor estoy equivocada. A lo mejor siempre fuiste un encefalograma plano pero no se habían dado las condiciones adecuadas para demostrarlo. Dice el bolero que el perro «piensa que es libre porque anda suelto, mientras arrastra la soga al cuello». Tú verás.

Piensa. Hazlo sin prisa. Y si no quieres hacerlo al menos ten la valentía de reconocer que te pueden más el miedo y el hambre, o el miedo al hambre, que la humanidad, que la dignidad. Pero dilo. Porque mientras tú te vas a escudar en todo lo anterior y en mucho más, mientras juegas al escondite con tu propia conciencia, hay gente que se queda en la cuneta de la vida. A pesar de que también tienen miedo al hambre. Y sin embargo no son capaces ni de traicionarse ni de traicionarte. Son héroes en una tierra sin memoria. Quizás obligados. Pero pudiendo elegir lo putrefacto se inclinaron por la ética. ¿Tú sabes de qué hablo?

Dilo. Venga. Dilo ya. Sé valiente por una vez. A lo mejor así encuentro una sola razón para ahogar el vómito.

 

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