Hay una grieta en todo

Al llegar el tren a su destino, estaré muerta.

Paul y yo llevamos una vida feliz. Armonía, complicidad. Y mucha magia.

Cada mañana, un runrún de despertadores nos activa. Desayunamos café con tostadas, nos besamos y nos vamos a nuestros trabajos.

Cojo el tren de las 7,05 para llegar a un destino en el que todo puede cambiar en un minuto. Una vida en juego en el extremo más recóndito de la urbe, atender un monstruoso accidente de tráfico o ver nacer a un niño en el asiento de atrás de un taxi.

Peter llegó sangrando. Se había seccionado parte de la muñeca en un accidente fortuito con el filo de la puerta corredera del edificio en el que se encuentra su despacho. Un descuido tonto y todo cambia en un segundo.

Intenté tranquilizarlo. El diagnóstico no era muy halagüeño, pero íbamos a hacer todo lo posible por salvar la movilidad de la mano y los dedos.

Pronto entendí que no se quejaba por el dolor, sino por su propia vida.

-¿En qué dirías que consiste mi existencia? -me preguntó- Aquí estoy, con una mano a punto de perder la movilidad y no es eso lo que más me preocupa, sino el hecho de que es una gota más en un océano.

-¿En qué océano? -le pregunté-.

-En el océano de cuando la vida se te estropea. Primero sucede poco a poco, casi sin que te des cuenta. Pero después todo se precipita.

-La mano la vamos a intentar salvar. No te lo puedo asegurar, pero has llegado a tiempo y eso juega a tu favor. Pero tu vida no sé si podremos arreglarla aquí…

-Me lo imagino, porque si pudiera arreglarse en un quirófano, ya lo habría intentado.

-¿Necesitas anestesia para tu vida?

-Tal vez… ¿Podrías quitarme esta desazón que siento de ver cómo todo se desmorona?

-¿Es el trabajo?

-No. Ahí todo está bien. Es haberme confundido de persona, de planteamiento.

-Todos nos confundimos en muchas cosas, pero eso no debe marcar tu existencia. Sigue adelante. Al menos tienes un trabajo en el que sentirte a gusto. Hay quien no tiene ni una cosa, ni la otra.

Mientras se hacían los preparativos en el quirófano, Peter me contó cómo una relación torpedeó su existencia. Y yo pensaba en que hay una línea difusa entre el amor y el desamor. Cómo todo lo que un día está bien, al día siguiente se escarcha en millones de pedazos. Incomprensiblemente donde lo hubo todo, todo puede desaparecer sin dejar rastro.

Peter era ingenioso. Contaba su historia con una buena dosis de ironía. Y en una sola mañana me sentí muy cercana a su vida. Me convertí en una cómplice con la que podía desahogar la profunda herida que tenía en el corazón.

Quedaría ingresado unos días. Era preciso ver la evolución de los daños y de la herida, y comprobar si podíamos lograr que no perdiera la movilidad. Temíamos por tres de sus falanges. Pero sólo nos quedaba esperar y empezar a trabajar en su recuperación lo antes posible.

Cada mañana Peter me contaba un retazo más de su vida. Como un niño perdido, que busca quien le escuche para expulsar el dolor que le atenaza. Me gustaba animarle, intentar entender su visión de la vida, de las cosas. Y mientras él me relataba su vida, yo fui perdiendo el control de la mía. El control mental, el control espacial, el control temporal.

Peter me inoculó el veneno de la novedad. Dicen que hay una grieta en todo y que por ahí se cuela la luz, la oscuridad, el miedo, la valentía… Todo. Aunque no sepas que tienes una grieta, ahí está.

Se fue acercando poco a poco. O mucho a mucho. Y me replanteé hasta qué punto mi vida era tan plena como yo creía. Si no me habría equivocado. Incluso sin saberlo, incluso sin sentirlo.

Lo que día a día me acercaba a Peter, hora a hora me alejaba de Paul. Sin buscarlo. Sin quererlo. Y sin necesitarlo.

Peter y yo nos seguimos encontrando en ese espacio maravilloso donde dos almas se pueden llegar a fusionar. Perdió la movilidad de dos dedos, pero era tan feliz… Me trastocó la visión de las cosas, de la vida, de lo que el corazón anhela.

Paul no lo entendió. Pensó que sería un capricho pasajero, que quizás estaba pasando una mala racha en el trabajo, con muchas tensiones, y me había refugiado en esta historia. Pero lo que sé es que yo entré un día en el hospital, como otro cualquiera, y salí de allí siendo otra persona.

Sin embargo, como la vida es un continuo despropósito que no permite que ocurra lo que no ha de suceder, todo se complicó infinitamente en mi cabeza. Le daba vueltas al daño que yo había hecho daño a Paul. Pero especialmente a mi misma. Y me quedaba un poso de tristeza que quemaba casi tanto como el amor que sentía por Peter.

Paul se ha ido de casa. Ha sido triste pero civilizado. Peter me espera hoy en la parada del tren para irnos juntos a nuestro nuevo hogar, como hace cada día desde que sentimos que nuestras vidas estaban hechas para refugiarse juntas.

Son las 7,40 cuando el tren llega a las cercanías del hospital. En 5 minutos estoy dentro. Me cambio de ropa y antes de terminar ya me avisan de que ha habido un tiroteo. En diez minutos llegarán los heridos. Un policía con herida de bala. Es posible que le haya atravesado la femoral. No tiene orificio de salida. Está consciente pero muy nervioso. La otra persona, con heridas más leves, está siendo atendida en el box 12.

Atiendo al primero. Intento taponar la salida de sangre antes de que entre al quirófano.

-Hola ¿cómo te llamas?

-David ¿Me voy a morir?

-Creo que no, pero vamos a intentar arreglar esto cuanto antes.

-Me da igual la herida… Casi prefiero morirme.

-¿Por qué dices eso? Eres policía. Salvas vidas ¿no? Hoy está en juego la tuya. Así que vamos a salir de ésta.

-Todo estaría bien si mi vida también lo estuviera.

Y así fue cómo comenzó a contarme, de camino al quirófano, que su existencia era un desastre, que se había equivocado en una relación, que sufría, que podría seguir siendo policía pero para qué sirve eso si no tienes a nadie con quien compartir tu existencia, si tienes tanto desgarro dentro.

La operación fue bien. Cuando despertó yo estaba allí. Hablamos mucho tiempo. Y al día siguiente, y todos los días de las siguientes semanas. Poco a poco fue contándome su vida. O mucho a mucho.

Su forma de ver la vida, su dolor, sus ganas de pasar página y no poder por esa herida tan profunda en el alma… Consiguió tambalear mis principios, mi existencia. Y sentí por David algo diferente, nuevo, impactante.

¿Qué me está pasando? Y todo se complicó infinitamente en mi cabeza…

Regreso en el tren de la noche a mi vida con Peter. Él me espera en el andén. Faltan 20 minutos para llegar. He cogido esta mañana a escondidas la pastilla de la farmacia del hospital. Ya está. Me la acabo de tomar.

Al llegar el tren a su destino, estaré muerta.

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