Tan frío como lo puedas imaginar

Tan frío como lo puedas imaginar. Así sonó. Helador. Tanto, que me despedazó.

En el país de los imposibles, una esperanza me llevó a levantarme de nuevo cada mañana. Después de mis derrotas tan trabajadas no era fácil que esto sucediera. Pero en el tedioso vaivén diario, de pronto, algo brotó de lo inesperado.

Cuando no te lo esperas, te pilla con la guardia bajada. Y ahí estás, frente a ti misma, sin armas, ni escudo, ni opciones. Fue muy poco a poco, casi sin darte cuenta. Y te llenó la vida. Entera.

Abandonarse a un sueño, rendirse, llenarte de ilusión, paladear un atisbo de locura, aspirar una fragancia a mar. Y los días comenzaron a tener nombre y número. A estar llenos. A desbordarse.

No había tiempo que perder. Nos corría la ilusión por las venas. Nos abalanzamos, nos perdimos, nos dedicamos los mejores bocados, tan hambrientos como llegábamos al punto de encuentro. Tan necesitados de besos. De abrazos. De calor. De sabor. De vida.

Había que dar un paso más. Las dudas del país de los imposibles empezaron a taponar el sol. Quizás haya que frenar. Pararse un momento y redirigirse. No es fácil verlo fácil cuando el trayecto ha sido tan abrupto. Vamos a hacerlo bien, con calma, con sentido. Vamos a sembrar en terreno próspero. A contemplar todo para que no se nos escape nada. A atar lo que se nos había desatado antes a cada uno. No vamos a fracasar en lo ya fracasado con anterioridad. Esto es nuevo. Esto es bueno.

Buscar la perfección, medirlo y pesarlo todo. Querer hacerlo bien. Y, por ello, estropearlo todo, dejar de que se derrame el vaso, romper el hechizo, ahogar el presente.

Todo tiene fecha de caducidad. También nosotros. Porque no se puede pedir la perfección del corazón a quien es felizmente imperfecto. Porque no todo se puede medir ni pesar. Porque no todo se puede comprender. Porque no todo se puede explicar. Aunque queramos. Aunque nos queramos.

Pero ahora es todavía peor porque es imposible volver atrás. Los pasos dados no se pueden desandar. Tu voz en mi cabeza no deja de sonar. Tu vida en la mía no deja de encajar.

Y, de repente, regresar al abismo. Desangrarte por todo para lo que no se encontró cura, ni remedio, ni final. Y que eso impida la felicidad. Y que no se pueda deletrear, porque no se debe pronunciar.

¿Y si éste fuera el último tren? Y llorar la respuesta. Amargamente.

Entonces, sin pensarlo, ni medirlo, ni pesarlo, ni buscar la perfección… dispararme. En medio de la noche. De esa noche de invierno.

Sonó tan frío…  Tan helador. Tanto como puedas imaginar. Y me despedazó.

 

 

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