Adicciones y adiciones

Hay una manera de hacerlo.

Te cansará. No te va a gustar. Y tampoco es seguro que vaya a dar resultados. Esos resultados de dos más dos… no los esperes. Las matemáticas no funcionan en este aquí y ahora.

Pero hay una manera de hacerlo. Y es ésa en la que se acabó esperar recompensas. Es una manera de vivir. Arriesgada. Y a contracorriente.

Quizás no merezca la pena que recorras ese camino, que subas esas cuestas, que desciendas a esos infiernos, que embarranques en esos lodos.

Porque al final la gente lo que quiere es ser feliz ¿no? Pero ¿qué es la felicidad? ¿Un espejismo en medio de un desierto?… No lo tengo claro, porque resulta que sí, que hay quienes viven en estado de permanente contento. ¿Te lo puedes creer? Unos a pesar de las dificultades, otros a pesar de sí mismos y otros porque navegan en los mares de la inocencia infinita. No es una forma de afrontar lo que es, sino de ser. Pero para mí son tan indescifrables como el genoma humano.

Cuando las matemáticas no funcionan, cuando es complicado entenderse a uno mismo, cuando todo lo que digas o hagas puede ser usado en tu contra, cuando ves las injusticias que cometen los que han sido investidos por aclamación popular los más justos de este barrio… Ahí es cuando dudas, y ya no puedes seguir el camino de la sabrosa y aplaudida felicidad popular. Pero es que, además, tampoco quieres.

Tenes que decidir un camino. Y si fuera un camino, podría convertirse hasta en autopista. Pero en realidad acaba siendo una senda tortuosa. Y entonces no hay premios nunca, pero tampoco importa, porque ya no los buscas, ni los sabrías disfrutar, ni qué hacer con ellos.

Esta manera de vivir es la que te ha tocado, como te tocó heredar el color de los ojos. Y en ella un minuto de alegría vale todo un botín. Y las piedras preciosas son escasas y se te escapan entre los dedos mientras se derriten como si buscases retener la lluvia fina. Y además no tienen valor material. Por eso nadie las quiere, ni las valora, ni las busca… claro.

Quizás podrías cambiar algo de eso. Pero ¿para qué? Yo también quise vivir otras vidas, ser otros, soñar sueños ajenos, tener una vida resuelta… Pero si te quema por dentro, al final no puedes ser ellos, por mucho que quieras.

Tantas veces me he caído… Y sin embargo, cada vez duele más. Nunca menos. Es el peaje de una mezcla de elección y de perdición.

No te van a entender. Hay que aceptarlo. Aunque cueste. Aunque asuste. Quítate el uniforme de una vez. Ésa es la manera. Y ya nunca más podrás ser el que siempre soñaste, sino el que viaja en ese tren sin destino que pudo cambiar tu vida, pero no lo hizo. O lo hizo tarde. Tan tarde…

Te estrellas un día y de pie otra vez al siguiente. Recuerda que te tocó. Pero también que lo elegiste.

Es una forma de adicción o de adición. No sé…

 

Fotos desencajadas

¿Entonces lo crees? ¿Crees que tú podrás distinguir una cosa de otra? ¿Qué eres capaz de ver la transformación de héroes en fantasmas? ¿Crees que no te la van a meter doblada?

Me alegro. Eres único entonces. Eres el ganador de esta batalla que se libra mientras el suelo se mueve bajo tus pies. Porque hay quien se dedica a moverlo. Tu suelo y el mío. Para que no seas capaz de diferenciar una cosa de otra. Para que pienses que puedes cambiar algo mientras te lo cambian todo delante de tus narices. A ti. Y a mi.

A veces quieres anticipar el dolor del dolor. Pero no puedes. Porque nadie te preparó para lo inesperado. Y aquella vez ya dolió. Pero te lo repiten como en una tortura. A saber por qué no aprendiste a distinguir una cosa de otra. Quién sabe por qué sigue estando en el número uno de ventas la flor caducada que muchos compran como si fuera la más bella. Y pagan por ella cifras dolorosas, angustiosas. Mientras la tuya duerme asesinada. Porque es la auténtica.

Sonrisas descabelladas. Ritmos insospechados. Amistades peligrosas. Palmaditas en la espalda escandalosas. Fotos desencajadas. Risas diabólicas. Mediocridad a raudales. Te engañan. Te matan. Pero tú no lo viste venir. Y ahora ya es tarde para resucitar. Porque te duelen las venas. Y te agota todo.

Lo intentaste. Pero no puede ser. Porque no pudo ser.

O demuéstrame lo contrario. Venga.

El cine currado

Quiero que exista el término amenabariana, porque me identificaría con él. Con las luces y las sombras de un cine de un artista, a lo mejor de un visionario de la gran pantalla, o simplemente de alguien que tiene un concepto en su cabeza que ha podido plasmar. Con el trabajo de una hormiguita que se emplea sin prisa pero sin pausa en un mundo resbaladizo y cruel (¿cuál no lo será?) como es el del celuloide.

He visto ‘Regresión’ y he escuchado los comentarios a la salida del cine. Mucha gente decía que esperaba más, que el tema era un poco raro, que una película para esto… Pero es que resulta que Amenábar no te engaña. Le película se titula ‘Regresión’ y va de eso, de la técnica de la regresión. Otra cuestión son los prejuicios que nos llevamos a una sala de cine, el día que hayamos pasado, las preocupaciones que nos ronden la cabeza o las expectativas que queramos ver satisfechas.

Regresión1Sin embargo, yo le pido al cine un rato de evasión, de despeje, que me envuelva en otras historias, en otros mundos, que me haga pensar en otras cosas, o que me emocione en el sentido mas amplio de la palabra. Y al de Amenábar le dejo hacer, que me proponga él sin crearme yo una idea previa.

Para mi Amenábar es un director de cine distinto, y por eso, evidentemente, no soy objetiva. Tiene una cualidad que supera el resultado de la película: la de un intelectual de la dirección. Y no es el contenido de sus películas, es la forma de hacerlas, esa delicadeza que yo palpo, esa búsqueda de la perfección que a mi me parece evidente. Y esto no quiere decir que me haya gustado toda su filmografía. De hecho, soy muy crítica con algunas de sus cintas. Pero hay algo más allá, que traspasa la pantalla y que me fascina.

El cine de Amenábar es ya un cine americano. Hala, lo que acabo de escribir… El cine americano no entendido como la gran superproducción y los ríos de dólares, sino como el ambiente que se percibe con absoluta claridad en sus últimas películas. Sí, claro, ‘Regresión’ se basa en una historia concreta que sucedió en ese país y que a él le interesó por lo que fuese. Pero no me refiero a eso. Es un cine adaptado al medio, es haber entendido que hay que aprovechar lo bueno de esa forma de trabajar, de presentar la película, de rodarla, de abordarla, de dirigirla. Es proporcionarme esa idea de que detrás hay mucho trabajo y mucha búsqueda de las cosas bien hechas.

Amenábar es un currante del cine. Y eso para mí es más que suficiente.

 

 

 

En la tierra sin memoria

Antes de que todo el mundo se ponga frenético (igual ya he llegado un poco tarde), se hace necesario un tiempo para respirar. Entre el hoy y el mañana se escabulló el ayer de una forma tan poderosa que parece mentira haberlo vivido. Pero yo sé que estuvo ahí. Y tú también lo sabes.

Es posible que nos engañemos diciendo que estas carreras locas de la vida no nos dejan tiempo para nada más. Es probable que los eslóganes quieran reprogramarnos la mente hasta convertirnos en ciencia ficción. Pero lo que no me puedo creer es que no tengamos dos dedos de frente. Ahora más que nunca.

Ahí están. Ya vuelven los señores de todas las tonalidades del pantone a llamar a nuestra puerta. Cada uno trae un cestito primorosamente envuelto. O ya ni eso. Tuyo es el problema o la virtud de dejar que entren hasta donde quieras.

Un tiempo para repensar que se nos regala. El que quiera derrocharlo está en su derecho. El que quiera aprovecharlo quizás está en su deber. IMG_20150107_003417

A mi me gusta este tiempo convulso aunque sólo sea por una razón: Por fin todos enseñan la patita por debajo de la puerta. Hasta ahora siempre había una excusa para no hacerlo. Pero el retratista tiene prisa, así que es ya mismo o nunca. Y hay quienes al mostrar la patita enseñan el plumero. Dan ganas de reír. Pero se acaba llorando.

Perder la memoria es un drama. Querer perderla es una traición. A lo que eres, a de dónde vienes y a donde se suponía que ibas. Si pierdes la memoria voluntariamente sólo te queda ser oveja en el rebaño. Si prefieres perder la memoria sólo para sobrevivir en una tierra de zombis, estás más muerto que ellos. Si lo haces pisando la cabeza del que llevas al lado, estás terminal. Si ahora eres así es que este tiempo te define hasta la náusea.

Pero a lo mejor estoy equivocada. A lo mejor siempre fuiste un encefalograma plano pero no se habían dado las condiciones adecuadas para demostrarlo. Dice el bolero que el perro «piensa que es libre porque anda suelto, mientras arrastra la soga al cuello». Tú verás.

Piensa. Hazlo sin prisa. Y si no quieres hacerlo al menos ten la valentía de reconocer que te pueden más el miedo y el hambre, o el miedo al hambre, que la humanidad, que la dignidad. Pero dilo. Porque mientras tú te vas a escudar en todo lo anterior y en mucho más, mientras juegas al escondite con tu propia conciencia, hay gente que se queda en la cuneta de la vida. A pesar de que también tienen miedo al hambre. Y sin embargo no son capaces ni de traicionarse ni de traicionarte. Son héroes en una tierra sin memoria. Quizás obligados. Pero pudiendo elegir lo putrefacto se inclinaron por la ética. ¿Tú sabes de qué hablo?

Dilo. Venga. Dilo ya. Sé valiente por una vez. A lo mejor así encuentro una sola razón para ahogar el vómito.

 

Lo que sepultó la nieve y otras teorías

Desde que Grecia no es Grecia y España no es España las cosas han cambiado mucho. Nieva, por ejemplo.

Que nieve en febrero es bueno ¿no?

Ya nos asombra que nieve en invierno y haga calor en verano. Así están las cosas.

Después de las nieves, dice el refrán que vendrán los bienes. Veremos.

Al menos tendremos agua en verano. Pero primero habrá que esperar al deshielo. Correrá el agua libremente por las calles. Sin dueño, sin reglas, sin normas. Como siempre sucedía cuando los elementos eran los que mandaban y nosotros jugábamos otro papel. No tratábamos de poner puertas al campo. Eso fue más o menos así hasta que nos vendieron otra moto.

IMAG1910_2Igual en las próximas semanas se lleva el río el prado y en agosto no tenemos dónde tomar el sol. Pero esto nos ha pasado toda la vida. La incógnita de cada año era saber de qué lado del Burbia nos tocaría tostarnos al sol. Y no nos enfadábamos ni redactábamos una directiva europea condenando al río a devolvernos el prado.

Ah, que no, que hace años que ya no vamos al Burbia a refrescar. Ya sólo volvemos para hacer las fotos de la riada o del deshielo. Entonces nos damos cuenta de que la riada se llevó muchas más cosas. Algunas, unas pocas, para mejor. Muchas otras para vaya usted a saber qué.

Será que no volvemos porque se enfrió el agua del Burbia, que como todo la parte del mundo que baña sabe, antes era caldosa. Ah, que tampoco. El agua era gélida antes y ahora. Entonces ¿qué es lo que cambió la forma en la que veíamos el mundo?

Una tarde de agosto cayó tal tormenta que estuve a veinte metros de mi casa sin poder regresar a ella durante varias horas. Rayos, truenos, lluvia a mansalva… Yo veía la puerta de mi casa, pero era imposible atravesar el barrizal. Saqué la libreta y me puse a escribir mientras caían chuzos de punta. Y de ahí salió un cuento que nunca leí a nadie. Y de ese cuento, otro cuento. Y un clavo saca otro clavo.

A veces me da pena que aquél día de verano no me hubiese dado por pensar en el romanticismo de empastar muelas. Hoy, mi visión del mundo sería otra. Mi cuenta corriente tendría muchos ceros a la derecha. Y me importarían nada el Burbia y el prado.

Nieva en invierno y hace calor en verano. ¿Será posible?

Traspasar la frontera

Un día cualquiera. De un mes cualquiera. Quizás no de un año cualquiera.

Me asomé al mundo y vi a un montón de personas hablando sobre la libertad de expresión. Reivindicándola. ¡Qué cosa más extraña!

¿Ha tenido que pasar una desgracia para que todo el mundo se dé cuenta de que la libertad de expresión lleva tiempo, demasiado, cojeando al menos de alguno de sus términos? ¿Quizás de libertad? ¿Quizás de expresión?

El caso es que nos hemos creído que no, que hasta aquí estas cosas les pasaban a otros, y que quizás les sucedían por algo. Nos hemos emborrachado de usar el término grandilocuentemente. Todos. Y ahora eres tú el que estás amenazado. Y el otro. Y el de más allá. Y ahora es cuando duele.images

La libertad de expresión lleva años acorralada pero perfectamente envuelta en un celofán que parece decir lo contrario. Y hay algunos cientos de millones que se quisieron creer que todo iba bien porque sólo se fijaban en el envoltorio. Hasta hace unos días. Hasta que el terror se hace presente.

Muchos otros no usan pistolas pero callan bocas de diversas maneras torticeras. Y se creen libres de pecado por ello. Pero el pecado actúa por acción y por omisión. Y es igual de mezquino el que ataca esa libertad de expresión que el que se deja atacar porque cree que dejando hacer o mirando para otro lado igual consigue algo a cambio. Un algo que, sin duda, es campeón de la ruindad.

Sin embargo, tengo la impresión de que esto ya va a tener un corto recorrido, de que ya nos hemos precipitado al abismo. Aunque mientras dure la caída todavía vamos a ver a muchos dando codazos en el aire, intentando sobrevivir a la miseria convirtiéndose en los más miserables. Allá ellos. No se dan cuenta de que ya son sólo zombies.

Lo que ha ocurrido con el asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo es que de pronto muchísimos se han dado cuenta de que estamos todos en peligro. Se ha traspasado la frontera. Por eso mismo no es el tiempo de las palabras huecas. Es el tiempo de demostrar que sí queremos libertad de expresión. Pero de la de verdad. De la buena. Y que sólo protegiéndola a ella nos protegeremos todos.

Se acabó. Esto es pura supervivencia. ¿Hasta dónde dices que estás dispuesto a luchar por tu libertad de expresión? ¿Y por la mía?…

 

 

 

 

Mi reino por un sombrero

Si a mí me hubiesen dejado elegir, habría nacido en los años 20 (del pasado siglo). Claro que reconozco que esto lo tengo idealizado y no soy objetiva en absoluto. Los coches, los trajes de ellas, los tocados, los sombreros… Los sombreros. Mi reino por un sombrero de los felices años 20. La elegancia natural y no artificiosa por muy artificioso que nos pueda parecer hoy un sombrero.

He ido a ver la última película de Woody Allen: Magia a la luz de la luna. Como segunda opción, lo reconozco. Un error de hora impidió que entrase en la sala de la superproducción y entre el resto de posibilidades estaba ésta. Dos amigos que acababan de verla salían desperezándose después de hora y media de plácido sueño en la butaca. Pero a mí ya me había picado el gusanillo y las críticas negativas no me hicieron cambiar de idea.

Con Woody Allen tengo una especie de esquizofrenia cinematográfica. O me encanta lo que hace o no me gusta en absoluto. A veces pienso que es mejor músico que director de cine. A veces pienso que ni lo uno, ni lo otro. Pero también hay ocasiones en las que me reconcilio con él. Y me río. Y me lo paso bien. Lo siento, pero últimamente no todo el mundo puede decir que se lo ha pasado de fábula durante 97 minutos seguidos.

Con una puesta en escena de las que consiguen acunarme en el universo mágico de la Francia de la Costa Azul, de las casas de ensueño, de los trajes maravillosos, de los entornos resplandecientes, Colin Firth pone el punto de cocción atinado y Emma Stone se aleja de la guapa de manual para hacer transcurrir una comedia sin grandes pretensiones, que creo yo que lo que intenta es derribar la coraza de la racionalidad que muchos se autoimponen, para hacerle hueco al sentimiento, a lo imprevisto, a la necesidad de un después y un algo más trabajado desde el alma.

No le pido nada más si ha conseguido que me olvide por un rato de las miserias y bajezas de la vida supuestamente racional que llevamos. Seguramente no será la película por la que Allen pasará a la historia del celuloide, pero en este momento es un punto y aparte muy higiénico que no vendría mal que muchos tuviesen en cuenta no sólo en el cine, sino en tantas y tantas realidades.

Por eso, estoy segura de que si me dejasen elegir, me iría ahora mismo a los años 20. ¿No dicen que eran felices?

Magia

 

Llueve en subjetivo

Para esos días en los que la lluvia no es más que el anuncio de todo el sol que llegará.

Por ese mar lleno de posibilidades.

Porque todo es absoluto o es relativo, dependiendo de lo tensa que esté la cuerda.

Para que no haya gozo en el estropicio.

Por una lluvia que limpia y sana.

Por esas gotas que mojan el cristal de mis ojos. Desde mi ventana. Ésa, desde la que hoy, esto no se ve…

Julio27

 

Cuando Toledo es verde

El verano se escabulló hace muy poco tiempo, aunque no lo parezca.

Un cuadro y un pintor. ‘Toledo verde’ del genial cacabelense José Sánchez Carralero, me inspiró.

Infinitas gracias al maestro berciano por confiar en mis sensaciones para hablar de una obra de arte de este calibre, ante la que me siento pequeña.

Quise poner palabras justo ahí, donde el sentimiento manda. Difícil decisión.

 

http://www.cacabelos.org/marca/index.php?elementoID=350

Mariola Estrada comenta el cuadro “Toledo verde” de José Carralero

¡Hola!

Todavía no se ha acabado el mundo. O sí. ¿O sí?

¿Y si fuera necesario retar a la imaginación ahora más que nunca?

Harold Feinstein en Coney Island ya fue más que creativo, y entendió de esta forma una partitura musical. En el muelle. Era 1950

A lo mejor no todo está perdido.

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