París, 13 horas

No me pareció tan dramático, la verdad. Fue muy distinto a lo que cualquiera podría imaginar. Viendo las películas, parece que te revienta. Pero si es casi, casi hasta indoloro…

Dejé de sentir después de la primera quemazón. Como si entrase en un sueño profundo, cálido, embriagador. No tenía ganas de moverme. Ni de gritar. Una rara paz lo inundó todo. Y, después, oscuridad.

Ocho horas antes sonó el despertador. Como siempre, cinco minutos más, cinco minutos más… Pero ya no podía alargarlo. Un día de esos que últimamente se recrean en las películas. Coger el avión. Asistir a la reunión. Comer con Jacques. Y vuelta.

Todo el día de acá para allá. No sabe ya una dónde vive, si en la T4 o en el apartamento de Bravo Murillo. Mi apartamento tampoco lo sabe. Qué desastre de orden en 60 metros cuadrados. Pero, ni tiempo ni ganas de ordenar la casa. Ya lo haré un fin de semana que me pille tranquila.

¿Y dónde puse las botas verdes? Pues tienen que ser las verdes. Ahora ya me vestí y como para ponerme a pensar en cambiar a estas horas. Si es que siempre con prisas… Ah, mira, detrás de la puerta. Bueno, pues ya está todo. Un café rápido y ya tomaré algo más en el aeropuerto.

Al final se descongestionó la carretera y el Uber me deja en la puerta con tiempo para tomar algo sólido. Mientras engullo un croissant a la plancha y un zumo de naranja, repaso mentalmente las cuentas. A mi me siguen sin salir. Yo no veo el chollo de esta operación. Pero dice Ezra que compramos, pues compramos. Sólo tengo que conseguir un mejor precio. Y después que lo explique él en el consejo. Con la que se ve venir y haciendo estos equilibrios financieros… Allá él.

Ah, París. Me gusta esta ciudad para venir de vacaciones, no para regatear una compra de acciones de una empresa. Pero ni que pudiera elegir…

Otro día gris. Sombrero para la lluvia y paraguas plegable. Últimamente no veo el sol por ninguna parte. Aunque qué más da, si voy a estar encerrada en un despacho.

Si no fuera porque comeré con Jacques, ni me enteraría de si hace frío o calor. Es lo bueno de París un día de trabajo, lo que viene después: Él.

En el piso 7 del 351 del Boulevard St Michel todo transcurre según lo previsto. A lo mejor hasta ha sido demasiado fácil. Ningún contratiempo, ni arista en la negociación. Esto empieza incluso a ser aburrido.

A la una me espera Jacques en el Bistrot de costumbre. Regreso en el vuelo de las cinco. Yo ya no sé cómo exprimir más el tiempo. Lo saludo a través del escaparate desde la calle. Tiene una sonrisa preciosa. Pero ¿cuánto tiempo llevamos así? Una vez por semana, comer a la carrera, volver y a esperar a la siguiente semana. Esto me salva del mismo modo que me mata.

Hola fea. Hola feo. Y un beso eterno de 30 segundos.

La mesa que me gusta está ocupada, pero ha reservado una tres metros más allá. Y con vistas a la calle. Me gusta el cambio, la lluvia se puede tocar en el cristal. Su mano con mi mano…

Desgranamos el día, la última semana, nuestros encuentros fugaces, por qué sube la gasolina, cómo se coló un gato en su casa, si voy a poder juntar dos días seguidos en París, si es posible algún fin de semana en Madrid, qué pasa con los tipos de interés, cuándo voy a ordenar mi casa, qué le pasa a mi hermana con su enésimo novio, el hijo de Jacques ya entrena con los juveniles del Paris Saint-Germain, cómo está de bueno este vino, ya me han cobrado dos veces otra vez el seguro del coche.

Jacques sigue buscando un hueco en Madrid. Pero, lo entiendo, no salen buenas ofertas y es un cambio de vida radical. Habrá que seguir esperando. Sí quiere. No puede. El eterno mal. Me volveré a Madrid con una punzada en el corazón. Sigue pasando el tiempo para los dos mientras hay tanta gente junta que no puede soportarse y tanta gente separada que no puede juntarse.

Voy al baño. Ya hay que tener mala suerte, que mi vida, lo que se dice vida, se reduzca a comer una vez por semana en París. Es que se me saltan las lágrimas. Qué mierda… ¿Hasta cuándo?

Pedimos ensalada y carne. Marianne… Se me cierra el estómago. Le miro preocupada. Me da un sobre. Ábrelo. En enero Jacques comienza en Madrid ¿¿De verdad?? Lloro, río, todo a la vez. ¿En serio? Siiii. Lo ha conseguido. Después de años de vernos casi clandestinamente y siempre fugazmente… ¡¡¡Por fin!!! Me tiembla todo, no soy capaz de sostener el sobre. Se me caen los mocos. Tengo mucho calor de pronto. Nos abrazamos. Lloramos juntos. No nos salen las palabras.

Un ruido de las sirenas de los coches de policía nos saca de nuestro sueño. Llegan justo frente al restaurante. Los vemos desde nuestra mesa. Salen ¿cuántos? ¿15 policías? ¿20? Entre ellos ha quedado un coche de lujo. Le exigen al conductor que salga. Le apuntan con sus pistolas. Sale un tipo alto, trajeado, con gafas de sol y barba. Le van a poner las manos sobre su coche. Pero se revuelve, saca una pistola, echa a correr y se queda justo de espaldas a nuestra ventana del Bistrot apuntando a los agentes. Dispara. Y nos echamos todos al suelo dentro del restaurante.

Bueno, todos, menos yo. Siento un tremendo calor en el pecho. No es dolor. Me quema. Me pongo la mano ahí y la veo llena de sangre. Voy a gritar, pero no puedo. Oigo más disparos. Me quema por más sitios. El delincuente está acribillado delante de mi junto al cristal del Bistrot, que ha saltado en mil pedazos. Intento no caerme. Oigo gritar a Jacques. Ya no tengo fuerzas. Siento una paz rara. Y, después, oscuridad.

 

 

 

 

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