Historia de una cloaca

Piluca mató a Santi en un ataque de aquí estoy yo. Una mirada atrás hubiera bastado para comerse sus propios nervios con patatas y todo. Pero Piluca no es normal. Es un producto conflictivo de la mamá barroca y el padre viajero que en sus maletas sólo se lleva consigo sus calzoncillos limpios para ensuciarlos en camas ajenas. Ajenas a la mamá de Piluca.

Piluca es antigua desde que nació, con ese nombre tan de los años 60 que su mamá le buscó entre los recuerdos de su baúl de sueños rotos, laca Elnett y pantalones de campana. Por eso ya he dicho que Piluca no es normal.

Se hartó de gritar todo el fin de semana que a ella le importaba una mierda que Paula hubiera visto a Santi con otra en el Bar del Barrio antiguo donde ella misma solía ir a esperarle con esa mezcla de whisky con tónica que sólo ella entiende.

La verdad es que ya estaba muy desesperada. La verdad es que Santi llevaba tiempo rehuyendo la inquisición de sus preguntas dando por respuesta la callada o dando a entender que la pregunta está de más, que es otra de las fantasías de Piluca, que cada día se está volviendo más rara, insultante y agresiva.

Pero es que Piluca no es normal. A Piluca le dieron de mamar biberones de hiel, le rompieron los esquemas con una vida llena de detectives privados para husmear a papá y de malas contestaciones a mamá.

La mamá se quedó pétrea en la Estación del tren en donde esperaba ver bajar del Expreso a su marido enganchado a Julia. La culpa no fue ni de su marido, ni de Julia, fue del ataque cerebral que la dejó paralizada en el banco del andén, pero para Piluca el papá fue el culpable de la muerte, que ella consideró asesinato, de su madre.

Desde aquél 3 de octubre del 95 las cosas van de mal en peor. Piluca odiaba hasta entonces secretamente a su padre, y a partir de ese día ya lo hizo a voz en grito, llamándole asesino cada minuto de su vida.

El más espantado con la imagen pétrea de la mamá de Piluca fue el papá. Gonzalo se quedó sin habla al llegar al andén y ver a su mujer cubierta de cera y con los ojos hacia atrás inyectados de vidrio. Por una parte, qué bien, se acababan sus excusas y Julia tendría una bonita boda. Por otra, pensó que lo que más le iba a doler iba a ser Piluca, cosa incomprensible porque nunca le hizo el más mínimo caso. Pero en ese preciso instante se acordó de que su hija cumplía 19 años el sábado.

A pesar de ese simulacro de examen de conciencia el sábado no se acordó del cumpleaños de su hija. Julia sí. Le mandó un ramo de rosas melocotón que acabaron en el cubo de la basura, y una invitación a la Calle Delgado Sanjuán, 13, 6º C, en la que se supone que tenían muchas cosas de las que hablar. Piluca se presentó por error a la cita. No pensaba ir hasta que media hora antes Santi cambió sus planes del fin de semana que iba a pasar con ella amodorrados en la ratonera que su madre se había encargado de dejar sin pagar antes de irse al otro mundo. Visto que los proyectos tras el entierro de su madre pintaban bastos, decidió ir a tirarle de los pelos a Julia.

Salió a toda prisa de casa, sin tiempo para mirarse en el espejo, ni peinarse. Los mechones zanahoria le cubrían la cara y las pecas y le daban un aspecto de muñeco diabólico en un otoño benévolo sobre la ciudad. Se sorprendió de estar ante una casa señorial en cuya placa comprobó que, efectivamente, no se había equivocado de calle. La puerta del portal estaba abierta y se sumergió en un ascensor transparente con olor a naranja que la subió hasta el último piso. Llamó dos veces furiosas al timbre, y cuando estaba a punto de dar media vuelta y comenzar a arrepentirse de haber llegado hasta allí, abrió Julia. Mucho más guapa y alta de lo que la esperaba, sobre todo comparada con el pésimo ejemplar humano de su padre.

De los gritos iniciales y las lágrimas contenidas de Piluca encharcadas de rabia, ante cuya escena Julia sólo enmudeció, se pasó a un “dame un vaso de agua y un sitio donde sentarme, joder”, que a Julia le empezó a saber bien. Después de una hora de reproches Piluca se dio cuenta de que era inútil seguir discutiendo con una persona que había vivido otra versión bien diferente de la misma película de cuernos, celos y malos rollos de sus padres.

Cuando hasta se empezaba a ver una luz entre ambas, bajaron por las escaleras de caracol unos andares que Piluca conocía bien. De repente, su mente se nubló. “Santi…, ¿qué coño haces tú aquí?”, le escupió. Entonces, se acordó de lo que le había dicho Paula, del comportamiento extraño de Santi en los últimos tiempos, y de que había mandado a la porra este fin de semana previsto para ellos solos.

Sin duda, pensó, es el momento oportuno. Ahora que Julia parecía que mostraba otra cara, resultaba que se tiraba a su padre y a su novio en el mismo escenario. Esto era demasiado. Hurgó en su bolso con insistencia, y en el momento en el que Santi, que sólo la miraba a los ojos, empezaba a decirle: “Piluca, estoy aquí porque…”, un balazo le reventó la aorta con la precisión de un profesional y cayó fulminado al suelo. Julia gritó horrorizada a la vez que intentaba detener el borbotón de sangre que comenzaba a hacer charco sobre una alfombra persa.

Con el llanto del terror, Julia le pidió explicaciones a Piluca. “¡Qué has hecho!. Santi te iba a explicar lo que hemos estado haciendo todo estos días. Piluca, por Dios, había visto un piso en el que iros a vivir juntos, y aquí te lo iba a enseñar todo. ¡Estás loca!”.

Piluca salió corriendo y dejó la puerta de par en par. Cogió el ascensor que había permanecido de guardia en el mismo lugar en el que ella lo dejó. Se miró en el espejo, le recorrieron las mejillas dos lágrimas emborrachadas de dolor, y cuando el ascensor marcaba el vestíbulo de entrada, se oyó un estruendo que hizo saltar la alarma del edificio.

El portero, al que Piluca no había tenido tiempo de ver cuando entró, se encontró una cara destrozada y pegotes de sangre y carne por todo el ascensor que disolvieron en un instante el olor a naranja y alto nivel que hacía sólo un minuto envolvía todo el edificio.

 

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